Francisco Albanese

La mitad final del siglo XIX y todo el siglo XX estuvieron marcados por el desarrollo de conflictos por la consolidación, en la edad Moderna, de imperios surgidos a partir de los nuevos estados-naciones levantados desde la riqueza y concentración de poder económico. De una forma u otra, los imperios lograron sobreponerse a su desaparición nominal tras la Primera Guerra Mundial, para dar paso a los búferes de influencia de las nuevas hegemonías de dominación que volvieron a todo el mundo en un mercado gigantesco, donde los individuos del Primer Mundo pasaron a ser clientes, y los del Tercer Mundo, meros productores de bienes y servicios para inundar al Primer Mundo. Las oleadas inmigratorias desde el Tercer Mundo hacia el Primero han mostrado ampliamente la cooperación entre el Capitalismo descontrolado e inhumano y la mentalidad de Izquierda, mostrando también las falencias de la Unión Europea como conglomerado político-económico, antes que como un conglomerado multiétnico voluntario.

Sin embargo, el loco avance – que en realidad avanzaba hacia ningún lado en particular – del mundo ha comenzado a aminorar su marcha y a direccionarse en sentidos divergentes respecto a lo que se pensaba que sería el futuro: cuando las novelas distópicas habían situado que habría un solo gran gobierno global con tintes imperiales, el futuro ha comenzado a llenarse de banderas y causas por la diferenciación y el reconocimiento a lo particular.

Las reivindicaciones locales como formas de resistencia al globalismo unificador no sólo están cuestionando las actuales fronteras administrativas impuestas sobre los distintos pueblos, sino que, además, las mismas estructuras administrativas y su representatividad sobre grupos humanos unidos por motivos ajenos a sus propios intereses.

La división política del continente africano mediante fuerzas externas, que tuvo su punto álgido en la creación e instauración de los estados-naciones africanos, nos permite ver en forma más objetiva una realidad que se hace presente en casi todos los continentes, pero que no vemos pues no distinguimos el “laboratorio”. Sobre un continente con un mapa rico y dinámico producto de sus múltiples tribus y naciones, se dibujó un mapa artificial mediantes arreglos diplomáticos ocurridos en oficinas, para luego dar origen a flamantes “naciones”. Muchos pueblos de la noche a la mañana se encontraron conglomerados con otros pueblos (incluso, con pueblos rivales) o también divididos por fronteras políticas donde antes no había divisiones étnicas. Como un collage, etnias fueron separadas y otras fueron unidas. Como las visiones occidentales respecto a la conformación de las naciones mediante individuos sin identidad, unidos mediante voluntariedad, eran algo cultural, las divisiones tribales africanas lograron sobreponerse a los buenos deseos de Occidente, sobreviviendo el sentido de pertenencia nacional original aun cuando el asistencialismo occidental, la ONU y el mercado intentaran afirmar las naciones artificiales construidas. Hoy, África mantiene un mapa artificial que sólo se mantiene gracias a esfuerzos del Primer Mundo, mientras que, en forma poco disimulada, los genocidios, limpiezas étnicas y conflictos tribales se suceden sin que se vea un fin definitivo. Los esfuerzos externos, culturales y políticamente correctos, tienden a forzar al continente a la unión, mientras que el deseo interno, es decir, el de los pueblos involucrados que deben convivir día a día con una realidad provocada en un laboratorio, busca la separación.

El caso de África es el más notorio, pero no significa que sea el único: la comodidad occidental y el progreso interminable pueden ser a veces más ruidosos que las reivindicaciones locales – étnicamente identitarias o no – aunque esto no hace que estas últimas sean silenciadas. Por decirlo de una manera, las identidades locales, territoriales y étnicas se encuentran entre un lecho de rosas y un valle de lágrimas: por un lado, gozan del bienestar económico y social postguerra heredado de hechos traumáticos que hoy han sido ampliamente olvidados, tras ser asumidos, y, por el otro lado, sufren la desaparición de sus particularidades en favor de una gran aldea global. Incluyo las identidades territoriales pues, por necesidades inmediatas que por lo general están relacionadas con el bienestar ineficiente y con la administración ineficiente de recursos por parte de una estructura de poder centralizado –la mayor parte de las veces, un Estado–, suelen presionar con mayor fuerza en países donde el multiculturalismo y la falta de una identidad definida han sido una realidad desde su formación.

Las estructuras monumentales, fuera de la escala humana, terminan generalmente por volverse un fin en sí mismas, perdiendo la razón teórica de su conformación, que era la de estar al servicio de un pueblo (el que, como ya dimos un ejemplo, puede haber sido aglomerado y moldeado de forma artificial e intencional). Así, los distintos pueblos naturales y realidades locales que han sido fusionados dentro del pueblo jurídico quedan atados a un plan mayor, y terminan siendo absurdamente postergados en favor de prioridades de interés “nacional”. Ésa es la tiranía del centralismo.

En el caso de convivir distintas etnias y culturas dentro de una misma nación jurídica, el hecho de que el máximo representante de la nación jurídica pertenezca a uno de los grupos que componen la misma y no a un único grupo que la componga, es indicador de lo poco representativa que es la estructura de poder centralizado frente a los intereses de los distintos pueblos. Como los pueblos son dinámicos y no estáticos, tienden a acomodarse en nichos donde puedan desarrollarse en conformidad a sus propios intereses y capacidades. Sin embargo, estas dinámicas no siempre se mantienen dentro de los márgenes de la legalidad y de la pasividad que sería del agrado de la macroestructura monopolizadora del poder.

Ya sea por cierta filiación histórica o simpatías por tiempos pasados, podemos encontrar incoherencias tales como el apoyo a la liberación palestina, la liberación tibetana, la independencia de Irlanda, independencia del Kurdistán, entre otros, al mismo tiempo que se condenan los deseos de los independentistas vascos y catalanes, los separatistas ucranianos pro-rusos y la autodeterminación mapuche, cuando, en esencia, todo conduce a lo mismo: los intereses de los pueblos y la construcción de su propio destino. Decisiones que transcienden la coerción.

Los deseos de autodeterminación que han sido mayoritariamente condenados son aquéllos donde no ha habido una lucha de siglos, como si eso demostrara acaso la poca validez de los deseos de las identidades involucradas. La historia es dinámica, las circunstancias cambian y los intereses populares pueden emerger en función del tiempo y la época.

El poder centralizado es como el anillo de Sauron: une, somete y subyuga. Pero no es eterno, y la Historia puede provocar que sea arrancado del dedo de su amo para luego ser destruido, devolviendo su libertad a los pueblos. Si dichos pueblos deciden continuar dentro de un conglomerado o si deciden continuar construyendo su propio camino, es parte de la responsabilidad que conlleva la libertad, una verdad que depende sólo de los pueblos, no de los aparatajes legales que pueden levantarse y ser destruidos cualquier día. Porque el hombre es anterior a sus construcciones.

Anuncios