Samuel T. Francis

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Por un pequeño margen de 63 votos contra 56, la Cámara de Representantes de Carolina del Sur votó el pasado 10 de mayo bajar la bandera de batalla confederada que se agitó sobre la cúpula del Capitolio desde 1962 para ser colocada en un “lugar de honor” en los terrenos del mismo edificio.

La votación fue el gran final (o tal vez, el penoso final) a una controversia que existía de forma oculta en la política de Carolina del Sur durante gran parte de la última década y que ya ha comenzado a rondar la política de otros Estados del sur y de toda la nación. Los que proponían la eliminación de la bandera confederada del Capitolio sostenían que esta bandera, en términos de una inmortal y artificialmente inflada frase de una resolución de la Asociación Nacional para el Progreso de las Personas de Color (NdelT: En adelante NAACP, por sus siglas en inglés) del año 1991, era “una odiosa plaga sobre el universo” o en menos elocuentes palabras del Senador John McCain, “un símbolo de racismo y de esclavitud”.
En general, los partidarios de la bandera argumentaban que no era un símbolo de aquelloaunque parecían estar en desacuerdo en cuanto a lo que realmente simboliza —derechos, Estados, independencia del sur, tradición cultural o simplemente las virtudes marciales de honor, lealtad, coraje y voluntad de sacrificio por una causa, que la mayoría de los estadounidenses, educados sobre el asunto o no, asocian con la Confederación y sus desventurados guerreros. Como todos los verdaderos símbolosla bandera simboliza muchas cosas diferentes, la mayoría de ellas íntimamente conectadas entre  por el vínculo perdurable llamado “civilización”. Si los significados de los símbolos pudieran ser perfectamente traducidos en un lenguaje simple y claro, no habría ninguna necesidad de simbolismo en absoluto.

La ausencia de un slogan simple y claro que encapsulara el verdadero significado de la bandera, frente a las consignas simples, claras y falsas que encapsula su significado para sus enemigos, puede decirnos mucho acerca de por qué los defensores de la bandera perdieron y sus enemigos prevalecieron, siendo siempre así en el continuo conflicto entre las fuerzas de la civilización y la tradición, por un lado, y la barbarie, por el otro. En ningún momento desde la Revolución Francesa las fuerzas de la tradición han podido integrar la simplicidad la claridad a sus argumentos, mientras que el inmenso poder que ejercen la sencillez y la claridad en la mente humana es una razón importante del triunfo de los enemigos de la tradición. El poder de la tradición y sus aliados no reside en la capacidad de justificarse a sí mismos a través de la lógica sino en su capacidad para movilizar a aquellos que permanecen unidos a la tradición y, casi por definición, a una civilización en declive o desafiada por los enemigos de la tradición, y esta capacidad continuará disminuyendo mientras que el desafió irá aumentando. Así fue en Carolina del sur donde, como en la mayoría del resto del sur, la memoria y la identidad de sus tradiciones han estado disminuyendo durante el último siglo, mientras que al mismo tiempo el poder de sus enemigos — simplemente, claramente y profundamente malévolo — ha crecido.

La NAACP  y simplones como John McCain no son por ningún motivo los enemigos más peligrosos de las tradiciones sureñas. Como se señaló, la NAACP ha estado emprendiendo una cruzada contra la bandera confederada desde al menos 1991, pero sólo este año esta cruzada ha sido exitosa. Es imposible tener en cuenta su victoria sin considerar la inmensa ayuda que recibió del Partido Republicano y del capitalismo ante el que ama postrarse. Si estás buscando enemigos peligrosos, esos dos cualquier día darían pelea hasta la muerte.

La falta de fiabilidad de los republicanos hacia la la bandera ha sido manifiesta desde al menos principios de los noventa (algunos dirían que desde la década de 1860), cuando el gobernador republicano David Beasley de Carolina del Sur derechamente rompió una promesa de campaña que había hecho en 1994 consistente en no intentar quitar la bandera de la cúpula del Capitolio, procediendo a la vez a dedicar gran parte de su administración subsiguiente a intentar hacer precisamente eso. Pronto reunió el apoyo del Senador Strom Thurmond, el ex-gobernador Carroll Campbell, la Christian Coalition y el resto de la repelente banda que actúa bajo la gran carpa del Great Old Party (NdelT: En castellano, el Gran Viejo Partido, apodo que recibe el Partido Republicano). Como se desarrollaron los acontecimientos, la determinación del bando republicano para deshacerse de la bandera fue en vano, ya que un movimiento populista centrado en la defensa de la bandera les impidió hacerlo. El Gobernador Beasley, a quien el líder de la Coalición Cristiana, Ralph Reed, había apoyado como posible candidato presidencial, fue inmediatamente separado de su puesto en las siguientes elecciones, en gran parte debido a su traición en el tema de la bandera.

La traición republicana en la anterior controversia de la bandera se debió al deseo de ganar los votos de los negros, los que finalmente nunca se materializaron, pero la batalla más reciente se debió a la avaricia y miedo que la NAACP hábilmente logró incitar. La campaña contra la bandera se unió a la proclamación de la NAACP de un boicot nacional hacia el Estado hasta que la bandera fuera quitada del Capitolio, y puesto que el boicot golpeó directamente al núcleo capitalista del Partido Republicano y, en consecuencia, al capitalismo mismo, fue una táctica mucho más eficaz que simplemente amenazar con votar en contra de los políticos que se negaron a retirar la bandera. Dirigiéndose a las élites empresariales que tienen la última palabra en el Partido Republicano, el cual controla la mayoría en la Cámara de Carolina del Sur y la industria de turismo del Estado (avaluada en $14 billones), la NAACP realmente golpeó en el corazón del sur moderno.

El papel que jugaron las grandes empresas en forzar la bajada de la bandera de la cúpula fue claro al menos en momentos tan tempranos como el año pasado, cuando el New York Times publicó un artículo debatiendo sobre ello. El artículo citaba a Paula Harper BetheaPresidenta de la Cámara de Comercio de Carolina del Sur, ofreciendo la mayor parte de los clichés que los cerebros de los hombres de negocios han utilizado para quitar la bandera. “El encogido mundo en que vivimos, la forma en que la tecnología nos ha unido,” la señorita Bethea sostenía, “nos ha hecho darnos cuenta que no somos islas en nosotros mismos. Si vamos a ser parte del próximo milenio, se tiene que quitar esa bandera de nuestra cúpula y colocarla en un lugar de honor en otro sitio.” Por supuesto, la razón por la que la NAACP exigió su retiro fue que la bandera era un símbolo de racismo y de esclavitud, y si así fuera, ¿por qué demonios alguien querría “colocarla en un lugar de honor en otro sitio”? La declaración realizada tiene poco sentido, pero lo que la motivaba no era tanto la sensatez como la mera determinación de hacer la controversia desaparecer y volver a los negocios. La compañía de neumáticos Michelin, que ha construido una nueva fábrica en Carolina del Sur para reemplazar a los molinos textiles puestos fuera del negocio por el libre comercio, también estaba “particularmente interesada en la necesidad de quitar la bandera de la cúpula”, informó el Times.

En Alabama, la misma dinámica era evidente. Wade Neal, capitalista de un grupo llamado Asociación de Desarrollo Económico de Alabama, dijo al Times que la bandera confederada se tenía que ir porque “cualquier cosa que cause la división dentro de un Estado hace que este sea menos atractivo para un empleador potencial, particularmente desde el extranjero” y el mismo Times comentó que “la presión es aún mayor para unirse a la economía mundial, y los empresarios extranjeros no quieren el menor atisbo de una fuerza de trabajo dividida o una reputación de atraso”.

Los conservadores – o por lo menos los verdaderos conservadores, no los partidarios del liberalismo clásico ni los neoconservadores- no deberían sorprenderse. Ecapitalismo es tan enemigo de la tradición como la NAACP o el comunismo, y los de “Derecha” que hacen un fetiche del capitalismo generalmente lo entienden y lo celebran. La hostilidad del capitalismo hacia la tradición se hace bastante clara en el hecho de que siempre reduce las problemáticas sociales a asuntos meramente económicos. Por otra parte, como el comunismo, el capitalismo se basa en un igualitarismo que se niega a distinguir entre el dólar de un consumidor y el dólar de otroEl reduccionismo y el igualitarismo inherentes en el capitalismo explican su impacto práctico y destructivo sobre las instituciones sociales. Sobre la cuestión de la inmigración, el capitalismo destaca por su demanda de mano de obra barata, lo cual importa una nueva clase de obrera que socava el costo de los trabajadores nativos. Pero no es sólo en los Estados Unidos contemporáneos donde lo ha hecho.

La agricultura capitalista de las plantaciones de la Roma antigua importaba mano de obra esclava para las mismas razones, con el resultado que al final del primer siglo D.C., virtualmente no habían romanos e incluso no quedaban muchos italianos en Italia, y así ha sido a lo largo de la historia. En Sudáfrica, la principal razón para el rechazo del proyecto del Primer Ministro Verwoerd sobre el grand apartheid, bajo el cual la mayoría negra adquiría sus propios Estados independientes, fue que los capitalistas globales y de Sudáfrica necesitaban trabajadores negros para explotar y así reducir los salarios de los trabajadores blancos. Fue por esta razón que el Partido Comunista de Sudáfrica en sus inicios había apoyado el apartheid o se mostraba a favor de algo similar a eso, ya que entonces estaba compuesto en gran parte por blancos de clase obrera, para cuyos intereses la dirección del partido estuvo atenta. Y, de hecho, el mismo imperativo del capitalismo para importar mano de obra extranjera como un medio de rebajar los costes de los trabajadores domésticos es evidente en el sur de Estados Unidos, donde el principal argumento económico de la esclavitud negra fue que hacía que los trabajadores blancos, así como la producción en general, fueran mucho más baratos. Hoy, por supuesto, no sólo el capitalismo global demanda la importación de mano de obra barata a través de la inmigración masiva, sino también, a través del libre comercio, logra exportar sus propias instalaciones de producción a cualquier país que contenga la mano de obra más barata. El Mahoma capitalista va tanto a la montaña como también la montaña va hacia él.

Tampoco debería sorprender que los republicanos que controlan la Cámara de Representantes de Carolina del Sur viraran en la dirección del viento capitalista, aun a riesgo de sus propias carreras políticas y compromisos explícitosRichard Quinn, el líder de la mayoría en la Casa de Representantes, rompió a llorar después de la votación para retirar la bandera. “Mi voto fue muy difícil”, se quejó ante la prensa después. “Es el voto más duro que he emitido”. Como la Sra. Frances Bell, Presidenta estatal del Consejo de Ciudadanos Conservadores, dijo después de la votación, “muchos legisladores mintieron.”Atrapado entre la cultura y la pared política que exigía mantener la bandera ondeando sobre el Capitolio y la fuerte posición capitalista que exigía que fuera quitada para que el Estado pudiera ser parte del nuevo milenio, para poder ser unidos por la tecnología, unirse a la economía global y evitar el menor atisbo de una fuerza de trabajo dividida o una reputación de atraso , los republicanos eligieron modernidad — y traicionaron la identidad tradicional del propio Estado.

La disputa sobre la bandera confederada en Carolina del Sur puede parecer a la mayoría de los estadounidenses en el mejor de los casos un problema provincial, pero dos factores se combinan para hacer de él un problema de importancia nacional. En primer lugarcon la aparición de una mayoría no-blanca en los Estados Unidos debido a la inmigración masiva, hay una posibilidad de que batallas similares respecto de otros íconos y símbolos culturales e históricos se lleven a cabo. De hecho, hace algunos años en San José, California, el Consejo local de la ciudad autorizó la construcción de una estatua del dios azteca Quetzalcoatl en la plaza principal de la ciudad, en lugar de una estatua en homenaje a los soldados estadounidenses que ocuparon San José durante la guerra con México. Hay un número de otros casos hispanos similares de despojo contra los símbolos tradicionales, aunque ninguno hasta ahora que se compare con la guerra perpetua de la NAACP contra la Confederación.

En segundo lugar, incluso con la aparición de una mayoría no-blanca y su odio a los símbolos culturales americanos tradicionales, es la voluntad de las fuerzas aparentemente “conservadoras”, como los republicanos y el propio capitalismo (la religión organizada, en la forma de las iglesias tradicionales, es otra), para apoyar la guerra contra estos símbolos lo que hace a la guerra importante y peligrosa. Por supuesto, a la larga, la guerra no se limita a los símbolos, sino que se extenderá a las personas que han compuesto históricamente la civilización americana. ¿En qué punto las fuerzas pseudoconservadoras como el capitalismo, la religión dominante y el Partido Republicano abandonarán las mitologías y los poderes que se esconden tras ellos y empezarán a defender a su propia gente y civilización?

La traición a la bandera confederada de parte de los republicanos y del capitalismo por el cual el Partido Republicano se encuentra tan hipnotizado establece claramente que ninguna institución puede ser considerada como defensora de las tradiciones sureñas, nacionales o civilizacionales. Hay pocos sureños tradicionalistas que no supieran esto, aun cuando la mayoría de ellos hayan apoyado al bando republicano desde la década de 1960 en lo que fue en verdad una alianza de conveniencia para ambos lados, y la mayoría de los conservadores se han aliado con el capitalismo ante las formas más militantes de igualitarismo de este siglo. Pero la obsesión de los republicanos con el capitalismo -y el desentendimiento de este de cualquier otra institución social en aras de su propio beneficio y su antagonismo a cualquier institución social que represente un obstáculo a las ganancias- envía la supuesta utilidad de estas alianzas al basurero de la historia. Si los conservadores serios van a salvar lo que queda de su civilización, en sus formas locales, nacionales o civilizacionales, tendrán que empezar a trabajar hacia no sólo un nuevo vehículo político sino también hacia una nueva forma de organización económica.

Traducción por Sebastián Vera.

Enlace original: http://www.radixjournal.com/journal/2015/7/3/capitalism-the-enemy

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