Francisco Albanese

Free speech for the dumb!
Free speech for the dumb!
Free speech for the dumb!
Free fucking speech!

— Discharge

En muchos asuntos peco de liberal y demócrata, sobre todo en los asuntos relacionados a vicios y maneras de destruir la propia vida, pues considero que hay un libre albedrío que sólo es dictado por el individuo. Si alguien es consciente de su sentido de pertenencia, no es de extrañar que se vuelva más responsable consigo mismo y con su grupo. Pero eso es otro tema.

Cuando comenzó a expandirse el uso de internet como una herramienta, abrió un mundo de probabilidades de acceso a información a la que sólo habíamos oído referencias lejanas (algo así como un fide interminable), y también se abrieron las puertas del conocimiento (así como a Immanuel Kant) a cosas que no teníamos idea que existían. Y todo sin censura, o casi. En un principio, la escasez de censura me parecía altamente positiva pues, como no todo en esta vida es pornografía, había información que no era publicada a través de canales oficiales. Así, el underground se abría, el ocultismo, rock progresivo, cartas de Ted Kaczynski, sitios alt-right con una visión nihilista/ecologista (como Amerika y ANUS), y tantos otros, estaban a disposición del público para ser accedidos, leídos, y hasta comentados. La democratización de internet era fabulosa.

Pero aconteció que lo que alguna vez era libre y, en teoría, al alcance de cualquiera, pasó a ser dominado por cualquiera. La chusma, la misma que acudía a internet a buscar rumores sobre la princesa Diana, fotos de las mujeres-objeto de Mekano, a preguntar cuánto es dos más dos, quién fue Cristóbal Colón y otras transcendentales preguntas de corte vernáculo, comenzó una sublevación que terminó por podrir a internet para siempre: no sólo se contentó con su puesto de observador/fisgón de la información, sino que también quiso tomar un rol protagonista, creando información, dando su opinión, volviéndose “líder” de opinión. La democratización de internet se volvió un asco.

El ideal griego de Democracia era algo noble, donde el ser ciudadano era algo casi aristocrático en comparación a lo que significa ser ciudadano hoy, un ideal notablemente alejado de lo que hoy en día trata de venderse como Democracia. Algo parecido es lo que ha ocurrido con internet, donde la libertad de opinión se transformó en libertinaje de opinión, y donde la igualitaria condición de libertad de expresarse se volvió en la mera posibilidad de decir cualquier cosa, sin hacerse cargo de los dichos. Entre la democratización de internet soñada y la democratización de internet lograda hay algo que marca una abismal diferencia: la responsabilidad.

Hoy en día, el libertinaje irresponsable de la red permite que millones de rumores, noticias tergiversadas, mentiras y verdades a medias floten por el ciberespacio, para luego saltar a los discursos de las masas. De la misma manera en que la democracia moderna permite que personas diferentes sean igualadas en el voto, haciéndose invisibles sus capacidades, conocimientos, sueños e intereses, hundiendo todo en la nada y afirmando que sean quienes sean, sus votos valen lo mismo, la democratización de internet ha permitido que gente cuya manera de expresarse – por  tomar como indicador a algo tan burdo pero concreto como la gramática, redacción y ortografía – revelaría que ni siquiera deberían haber pasado a Cuarto Básico, vomite blasfemias sin más límite que los caracteres que permitan las páginas web, y sin más consecuencia que la de agitar y desinformar y darse el lujo de quedar libre de polvo y paja. Finalmente, todas las teorías conspirativas terminan sirviendo al fin que dicen odiar, pues se encargan de hacer el trabajo de desinformar a las masas, haciéndolas más susceptibles a estar engañadas y adormecidas.

Toda libertad se pudre en las manos del montón. Toda información se vuelve ignorancia.

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