Sebastián Vera

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Tras las dos décadas siguientes a 1810, el Estado central logra monopolizar la identidad política, encarnada en la ciudadanía abstracta y en el gobierno representativo de todos los chilenos.” Armando Cartes Montory

Venceréis, porque tenéis sobrada fuerza bruta, pero no convenceréis. Para convencer hay que persuadir. Y para persuadir necesitaréis algo que os falta: razón y derecho en la lucha.” Miguel de Unamuno.

Cuando se habla de Identidad por regla general no deberían tocarse como objetos de análisis las instituciones creadas por el hombre para dotarse de alguna forma de organización en el devenir histórico. Esto porque, como ya de seguro está claro para cualquier persona que esté medianamente interiorizada en asuntos relativos al identitarismo, las Identidades no sólo superan en cuanto a permanencia en el tiempo y en el espacio a toda institución convencional sino que, e incluso más importante aún, y debido a las causas de los factores anteriormente nombrados, trasciende a las instituciones precisamente por ser, al contrario de estas, orgánicas, naturales, una verdadera parte de la biósfera.

Sin perjuicio de lo anterior, existen ciertas instituciones cuyo estudio merece atención porque, nos guste o no, son capaces de moldear (o de crear), a la buena o a la mala, sentimientos de pertenencia a tal o cual Identidad (o eventualmente desidentizar, si es que se me permite la libertad para inventar una palabra), bastardeando razas, creando unidad donde no la hay y lanzando a la vida a colectividades humanas con vicios de fondo desde su misma concepción. Dentro de estas instituciones tenemos, principalmente, a una a la que nunca se le podrá dejar de dar lo suficientemente duro: el Estado, porque si bien esta es una creación del hombre y, por lo tanto, sólo un medio y no un fin en si mismo (por lo que, por lo menos en teoría, perfectamente podría utilizarse a favor de las Identidades), la realidad es que, realizando un análisis hacia atrás en el tiempo, el Estado siempre ha sido un verdugo de las Identidades, un opresor que coloca grilletes en beneficio de una oligarquía, y no un impulsor de las mismas.

En nuestra situación particular, la realidad histórica del Estado chileno no difiere en demasía de la de los demás Estados de América Latina: una minoría poderosa y educada influenciada fuertemente por los intereses de la Corona británica y por los ideales humanistas que inspiraron la Revolución de 1789, destruye desde adentro y de forma simultánea el vasto imperio español, imponiendo sobre las poblaciones que tuvieron la (mala) suerte de quedar en tal o cual territorio ideas republicanas, de igualdad entre los ciudadanos, de libertad política y económica, de una nacionalidad contractualista, entre muchas otras cosas.[1]

Podría decirse, con justo motivo, que el sólo hecho de existir el Estado atenta contra la auto-identificación de poblaciones que habitan un territorio más o menos definido (como en el caso de Chile, con la cordillera de los Andes al este, el Pacífico al oeste, el desierto de Atacama en el norte y el extremo sur del continente), sin embargo, en el caso particular de la historia chilena este sentimiento de unidad a la fuerza se vio favorecido por la forma unitaria del Estado, lo cual se explica por las circunstancias históricas en que se desarrollaron los primeros años de vida independiente de nuestro país.

Lo interesante del contexto histórico de la Independencia de Chile, o más bien, de todo el proceso independentista americano (considerando con sus características particulares a nivel local, claro está) no se encuentra en el ya conocido enfoque liberal (inventado, por cierto, no resistiendo ningún análisis histórico serio) consistente en la lucha de naciones ya formadas que, conscientes de su existencia, se liberaron de sus amos oscurantistas y déspotas. Es más, parafraseando al profesor Armando Cartes Montory, las sociedades implantadas en América estaban profundamente ligadas a su antigua metrópolis, por lo que, y considerando que existían muchos elementos culturales comunes, se hacía impensable una separación tan rápida y violenta como la que finalmente se produjo.[2]

 Más bien, el objeto de interés en el periodo en cuestión es el enfrentamiento entre dos formas no sólo de entender la realidad, sino que de organizar a los grupos humanos. Así, por un lado se tenía a la tradicional estructura social perteneciente a la monarquía española, derivada de la herencia escolástica y de una importante influencia de las asociaciones gremiales (en su sentido histórico, no en el recientemente puesto en boca de todos por las nocivas ideas de Jaime Guzmán) medievales (parte fundamental del anterior sistema feudal); y, por otro lado, a las nacientes concepciones modernas, liberales y republicanas surgidas en el seno de grupos intelectuales burgueses (en el sentido histórico del término, no en el economicista-marxista) e imbuidos fuertemente del individualismo protestante anglo-sajón. Tradición v/s Modernidad. Eso fue lo que significó el proceso de Independencia, el choque de conceptos, de elaboraciones teóricas que, por más que se aterren los acérrimos (y casi siempre inútiles) partidarios de la propaganda por el hecho, moldearon, crearon, organizaron una realidad, enterrando para siempre un viejo orden y trayendo a la vida uno nuevo.

Durante la época de la Colonia, en los dominios de la Corona española en las Américas existía un concepto (es decir, un término que engloba a una idea) denominado, siguiendo la posición de Chiaramonte, “pueblos”. Con eso se hacía referencia, en una forma casi literal, a las fronteras de las ciudades del Nuevo Mundo junto a su entorno rural. O sea, cuando se hablaba de “los pueblos”, estos existían en la realidad, eran materialmente tangibles. Estos “pueblos” (siempre en plural, lo cual deja en claro aún más una concordancia con la realidad que hoy es difícil de encontrar) constituían un elemento fundamental en la organización política, económica y social de las colonias. En efecto, esto se expresaba en la práctica en la organicidad de las relaciones económicas al interior de los varios virreinatos, reinos y capitanías generales, organizándose cada sector de la economía en grupos corporativos; así como también en la existencia de diversos órganos administrativos en donde participaban los vecinos, incluyéndose por supuesto a los criollos. No es sino con el advenimiento de las reformas borbónicas a principios del siglo XVIII que la monarquía, en su afán de modernizar (con toda su carga ideológica) la administración del Estado a través de la centralización aplica la designación de funcionarios peninsulares de forma incisiva en los tradicionales órganos de Ultramar. Sin perjuicio de esto a la fecha del inicio de los procesos independentistas (primera década del siglo XIX), la aplicación de estas reformas no habían aún alcanzado su completo desarrollo.

Frente a la organización anteriormente reseñada, la que podría ser categorizada como orgánica, en el sentido de que respondía a una realidad imperante y no a una elucubración teórica contraria a lo que existía en ese entonces, podemos contraponer la visión liberal que llegaba paulatinamente desde Europa. Así, frente a la tradicional concepción de “los pueblos” tenemos el moderno concepto de “pueblo”, consistente este en una abstracción, un ente casi metafísico y homogéneo que venía a ser titular de la soberanía, de acuerdo a sus ideólogos[3]. A diferencia de “los pueblos”, “el pueblo” no existe en la realidad, no es posible ver “al pueblo” o tocar “al pueblo”. Por el contrario, la idea de “el pueblo” puede variar en diversos momentos de la historia según los intereses de quien utilice la expresión. Por tanto, esto constituye algo en extremo peligroso porque un concepto que es construido puede al mismo tiempo ser deconstruido a voluntad de los intereses de aquellos que se encuentran en el poder. De acuerdo a los pensadores liberales, es en este pueblo en el que se encuentra radicada la soberanía, en este pueblo compuesto por individuos iguales entre si (otra abstracción ajena a la realidad, considerando la organización económica gremial de aquella época, mencionada anteriormente), en esta “nación” completamente consciente de si misma (esta es la denominada “tesis esencialista”, es decir, una supuesta nación preexistente a si independencia que, cumpliendo con un destino pre-establecido, luchó por su libertad mediante la guerra contra el enemigo español[4]) que, por el solo hecho de serlo, de acuerdo a estas mismas ideas, tiene como derecho intrínseco e inalienable el poder independizarse de sus amos esclavistas para constituirse como una civilizada república, o por lo menos así lo era para los más extremos defensores de las ideas iluminadas del republicanismo en Chile, como el sacerdote jesuita Camilo Henríquez o el admirado (injustamente, a mi entender) José Miguel Carrera.

Por consiguiente, tenemos que en esta lucha entre dos concepciones de la sociedad terminó por vencer aquella que era rama de la Modernidad. Me atrevo a sostener que de haber sobrevivido la concepción colonial de “los pueblos” las Identidades hubiesen tenido una mayor posibilidad de, si bien no librarse de la organización estatal republicana, sí por lo menos afirmar su carácter distinto frente a otras localidades chilenas, lo cual hubiese resultado en una indirecta mantención del sustrato racial criollo frente a la repentina homogeneización patrocinada por el gobierno central. Particularmente, la mantención del autogobierno de los pueblos ubicados en Penco (en términos de la época, un territorio ubicado entre los ríos Maule y Bio-Bio, distinto en todo sentido al denominado Chile[5], desde la actual zona centro hacia lo que abarcaba el entonces territorio del reino hacia el norte[6]), con una Identidad forjada a base de los constantes conflictos con la sureña zona ocupada por los indígenas[7] (una Identidad sólo adquiere consciencia de si misma, o sea, “despierta”, cuando se contrapone a otra) y nutrida por un constante flujo de militares españoles (especialmente durante el transcurso de los primeros cien años de la Guerra de Arauco, siendo esta por cierto la más brutal de sus etapas), hubiese significado en la actualidad un núcleo consciente de eurodescendientes que, si bien lo más probable es que no hubiesen reivindicado una conexión simbólica con Europa, sin duda se hubiesen originado tradiciones institucionales por lo menos diferentes a las del resto del país, así como un carácter esencialmente distinto (como es el caso de la provincia de Santa Cruz de la Sierra en Bolivia o la parte sur de Brasil), lo cual hubiese contituido un más o menos fuerte reducto identitario. Menciono lo anterior porque, de acuerdo a las estadísticas y a lo que puede observarse por todo aquél que tenga nociones más o menos básicas de antropología física, y exceptuando la zona oriente de Santiago (que por la situación socio-económica de la mayoría de sus habitantes se hace comprensible lo que se expondrá), es en Concepción y sus ciudades aledañas en donde se encuentran la mayor cantidad de criollos[8] descendientes de las personas llegadas en aquellos turbulentos años, teniendo estos, sin embargo, y al igual que el resto del país, una identidad “nacional” y no local.

Esto último por cierto no debe atribuirse exclusivamente a la idea de “pueblo” o de “soberanía nacional” sostenida por los liberales de las primeras décadas del siglo XIX, sino también a la oficialización de la historia liberal de la recién surgida república (la denominada por los historiadores como “historia de bronce”, a la cual nuestra casta militar y terrateniente son adictas). Al contrario de lo que opina la historiografía marxista, los sistemas económicos no son los que determinan las formas de gobierno y la estructuración del Estado, sino que, y siguiendo a Bakunin, son aquellos que alcanzan el poder del mismo los que, de acuerdo a sus intereses, ya sean estos de clase o no, proyectan hacia abajo una estructura administrativa, política y económica que sirva mejor a sus objetivos. De esta forma, se deben tener en consideración dos momentos:

En primer lugar, al contrario de lo que sostiene la oficial “historia de bronce”, el proceso de Independencia no fue dirigido por Santiago, sino que en él participaron activamente las otras dos provincias clásicas del reino, las de Coquimbo y Concepción. Estas dos tenían, al contrario de sus homólogos de la capital, afanes federalistas y no centralistas como los segundos, encontrándose su idea de lo que debería ser la organización del futuro país muy cercana a la idea de “los pueblos”. Al momento de lograrse la importante victoria militar en Maipú el año 1818, se consagra el futuro predominio de los santiaguinos en lo que se refiere a la aplicación de su modelo de Estado y de gobierno, lo cual es posible evidenciarlo hasta el día de hoy. Esto se debió principalmente al paupérrimo estado en que se encontraban Concepción y sus alrededores después de la Guerra de Independencia debido a que la mayor parte de la guerra se desarrolló en esa zona (a esto debemos sumar el hecho de que la guerra continuó en la provincia hasta bien entrada la década de 1820, en la forma de una desgastante guerra de guerrillas que se conocería como “la Guerra a Muerte”), llevando a la pobreza a la anteriormente región más rica del país. Si a esto se suma el poco peso político de Coquimbo y a su casi inexistente riqueza (aún no surgía la minería a nivel generalizado), tenemos como resultado que Santiago pudo, de ahí en adelante, señalar los destinos del recién nacido Chile.

En segundo lugar, durante los años que siguieron a la instauración del gobierno central (es decir, con la implementación a un nivel práctico de todo lo que implica a nivel político la idea de la soberanía nacional del “pueblo”), se hizo lo que debe hacerse con todo naciente grupo humano que no tiene consciencia de unidad. Esto es, se debía de forma urgente elaborar una mitología patriótica, con símbolos, fiestas, efemérides y un panteón de héroes locales surgidos a partir de las luchas de la Independencia, entre otras cosas, siendo lo más importante para lo que nos atañe la elaboración de una historiografía que de ahí en adelante pasaría a ser la historia oficial de la recién surgida república[9]. En este contexto surge la historia liberal oficial del siglo XIX, enseñada en los colegios desde entonces y moldeando un nacionalismo cívico nocivo para toda Identidad. De acuerdo a esta teoría, el pueblo chileno, la nación chilena, existente desde muchos antes de la Independencia y completamente consciente de si misma como una Identidad diferente, se harta de la opresión del español abusivo y pelea valientemente por su libertad. Esta posición, defendida por varios historiadores, intelectuales y políticos (principalmente Diego Portales), tuvo (y aún tiene) como propósito facilitar la homogeneización cultural de la población que habita el territorio chileno y, por cierto (y como objetivo principal en ese entonces), permitir la implantación de un Estado unitario, lo cual hace a la institución estatal doblemente nociva en lo que se refiere a la Identidad.

[1] Jocelyn-Holt, Alfredo, “¿Un proyecto nacional exitoso? La supuesta excepcionalidad chilena”, en Colom González, Francisco (ed.), Relatos de nación. La construcción de las identidades nacionales en el mundo hispánico, Iberoamericana-Vervuert, Madrid, 2005, Tomo I.

[2] Cartes Montory, Armando, “Un gobierno de los pueblos: Relaciones Provinciales en la Independencia de Chile”, Ediciones Universitarias de Valparaíso, Valparaíso, 2014, primera edición. p.45.

[3] “La lucha, a su vez, entre la noción de una ciudadanía corporativa o estamentaria, por una parte, y la nueva ciudadanía individualizada, universal y abstracta que exigía la nación, refleja los conflictos entre el antiguo y el nuevo orden.” Ibid. P.46.

[4] Chust, Manuel y Mínguez Víctor, eds., La construcción del héroe en España y México (1789-1847), Universitat de Valencia, Valencia, 2003.

[5] “El propio desarrollo histórico diferenció sicológicamente los núcleos sociales de Santiago y Concepción. Como consecuencia de su lejanía con la Guerra de Arauco, el primero tomó un carácter más civil; predominaron en él las actividades económicas sobre las militares… A esta oposición de temperamentos y caracteres se añadió el recuerdo muy vivo de que los antiguos gobernadores habían residido casi siempre en el sur, y el hecho de que si Santiago era la capital del Reino, Concepción era su metrópoli militar.” Encina, Francisco Antonio, “Historia de Chile”, Ediciones Ercilla, Santiago, tomo XVII, ps.170-172.

[6] “Dos Reinos diferentes, apartados, casi hostiles. Uno de esos reinos era Chile, el nombre tradicional de las Comarcas del Maipo al Aconcagua, y se extendía desde el Maule al Paposo. El otro reino era el fuerte de Penco, el reino de la espada, como Santiago lo era de la toga y la cogulla.” Vicuña Mackenna, Benjamín, La Guerra a Muerte, Editorial Francisco de Aguirre, Buenos Aires, 1972, p. XLIV.

[7] Guerra, François-Xavier, “Las mutaciones de la identidad en la América Hispánica” en Guerra, François-Xavier (ed.), Inventando la Nación, Fondo de Cultura Económica, México, p.212.

[8] Cruz-Coke, Ricardo; Moreno, Rodrigo S., “Genetic epidemiology of single gene defects in Chile” en Journal of Medical Genetics, 30 de marzo de 1994.

[9] Respecto a la tesis de que la nación se construye desde el Estado, es decir, lo contrario a la tesis esencialista, revisar Góngora, Mario, Ensayo histórico sobre la noción de Estado en Chile en los siglos XIX y XX, Editorial Universitaria, Santiago, 8ª edición, 2003.

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