Francisco Albanese

Publicado originalmente en Identitas vol. 2 (2014)

La Segunda Guerra Mundial finalizó hace casi setenta años, y la defensa de la conjunción cultura-biología, dicha en otras palabras, la identidad, ha dejado de ser privilegio exclusivo del nazi-fascismo, que es el nombre genérico que usaremos para designar a todas las corrientes surgidas a partir de la desaparición del Eje, pero que aún reivindican a éste y ven en éste la ultima ratio de su existencia.

Pese a que Europa presentó movimientos de corte nacionalista cimentados en principios raciales, prácticamente todos quedaron invisibilizados con el advenimiento del Nacionalsocialismo, en cuya cosmovisión no había cabida para otro tipo de nacionalismo dentro de su nación, i.e., podía convivir con otros nacionalismos fuera del espacio vital de Alemania, pero dentro del mismo, tarde o temprano, terminaría suprimiendo toda alternativa, debido a su carácter cosmovisionario. Lógicamente, este paso era algo necesario, puesto que el estatismo exacerbado del carácter socialista del Nacionalsocialismo no podría convivir con otras vertientes. Esta idea no es en absoluto una elucubración, y podemos atestiguar en la Historia los distintos ejemplos de socialismos totalitarios tanto de Izquierda como de Derecha, y atestiguar que el paso hacia un partido único cimentado en una base realmente democrática[1] [2] y en otras no tanto, es algo inevitable.

Casi setenta años después de la desaparición del nazi-fascismo de Europa, podemos atestiguar la acción de partidos y movimientos que, desde otros ángulos, combaten por la más básica esencia de las desaparecidas corrientes nombradas anteriormente: la protección de los pueblos indoeuropeos frente a las amenazas del mundo moderno. De forma obvia, para conseguir el éxito no optan por las formas que caracterizaron al nazi-fascismo, puesto que sólo sería un obstáculo en la consecución del poder político y social. En estricto rigor, dichos partidos de Derecha, Extrema-Derecha, Nacionalistas y Euroescépticos no son herederos del nazi-fascismo ni tampoco se muestran del todo inconformes con el mundo moderno, aunque su acción está centrada en aquellos flagelos que amenazan a los pueblos europeos, principalmente, la inmigración desde el Tercer Mundo y la hegemonía de la Unión Europea. La acción de estos partidos puede ser política sin comprometer sus bases ideológicas, puesto que cuentan con el sustrato humano sobre el cual ejercer su acción, si bien los movimientos más tradicionalistas rechacen algunas acciones contextualizadas dentro del espectro político actual, por razones lógicas.

En América, la supervivencia y éxito de los movimientos defensores de la identidad europea, por contradictorio que parezca, no deben mirar hacia Europa. La diferencia de contextos históricos, demográficos, sociopolíticos, culturales y de un sinfín de variables, delimita el marco de trabajo y el proceder del mismo, por lo que resulta imprudente el emular en la aplicación las metodologías que en otro lado pueden resultar exitosas. La importación del método puede y ha sido la causa del fracaso de los movimientos nacionalistas paleoconservadores, identitarios y tercerposicionistas en el Cono Sur, los cuales se han desgastado innecesariamente, comprometiendo con ello su permanencia en el tiempo y en el espacio.

Estados Unidos, con sus particulares ideas de la libertad establecidas por sus padres fundadores, ha sido siempre un enemigo natural del nazi-fascismo, puesto que es imposible para libertad individual el convivir con ideas totalitarias. Viéndolo objetivamente, no podemos decir que los regímenes tipo III Reich sean en extremo marciales ni sometidos a una paranoia controladora (como el caso de la Unión Soviética), pero tampoco podemos apuntarlos como paraísos para la libertad, que es un valor intocable para Estados Unidos. Peor aún, la ciudadanía estadounidense (y en especial los nacionalistas blancos) enfrenta hoy un verdadero desafío frente a su gobierno: el control dentro de sus fronteras con el desmedido poder ejercido por el FBI, la intervención de sus tropas fuera de sus fronteras orquestado por la CIA (apoyando indirectamente, por raro que parezca, a sus “enemigos”), y el siempre poderoso lobby sionista, enclavado en el corazón de Washington.

El movimiento WN no está perfectamente alineado, si bien la mayor participación política puede ser posible a través del Tea Party (aun con las clásicas acusaciones de infiltración sionista), que logra conglomerar a un amplio sector de los movimientos disidentes. Por otro lado, Estados Unidos presenta una gran cantidad de movimientos de corte nazi-fascista, siendo el National Socialist Movement el más célebre, pese a que, como ya se mencionó, la idiosincrasia estadounidense tiende a ser incompatible con ideas de este tipo, algo invasivas para el ciudadano promedio. Además, el radio de acción del NSM es reducido, y sólo podrían optar a operar mediante el lobby, pero jamás como nacionalsocialismo per se, es decir, no aplica el nombre.

Una parte importante de la corriente identitaria y nacionalista blanca en Norteamérica definitivamente ha decantado –sea por convergencia o por convicción– por el libertarismo y la anarquía, en cuyo marco ven la única forma de supervivencia frente a la desprotección por parte del gobierno, y al control y vigilancia por parte del mismo, como también frente a la amenaza de la anarquía de izquierda, que se manifiesta (a raíz de la Revolución Francesa) como una deconstrucción del mundo a través del individualismo, confrontando esta amenaza con la máxima libertad individual por medio de diseños sensibles a la sociedad, i.e., anarquía de derecha (Stevens, 2011).

Al comparar la realidad de Estados Unidos con aquélla de los países del resto de América, parece inconcebible la introducción de la anarquía en la ecuación de los nacionalismos e identitarismos, pero esta convergencia entre el tradicionalismo y el anarquismo no es tan difícil de comprender si se mira la situación desde los puntos ideológicos en común, más que la manifestación de los mismos: tanto anarquistas como tradicionalistas se oponen a este modelo estatal (por razones opuestas), y mientras los anarquistas se oponen a todos los regímenes soberanos, los tradicionalistas se oponen a este régimen soberano (Parrott, 2013).

Estas dos anarquías son obviamente incompatibles. La izquierda desea la anarquía como resultado, así que exige anarquía como causa y obtiene un resultado diferente (caos social) en su lugar. La derecha desea anarquía como resultado, así que exige orden como causa y como resultado se libera a sí misma del caos social (Stevens, 2011).

La idea de nacionalismo blanco es demasiado amplia, pudiendo existir desde capitalistas-liberales hasta anarquistas y socialistas, así lo mismo con el nacionalismo criollo, que es una manifestación del nacionalismo blanco pensada o, mejor dicho, desprendido de la realidad del cono sur, y es que el nacionalismo no debería contener elementos artificiales/intencionales, como, por ejemplo, todas aquellas construcciones que ha fomentado el estado de Chile y, en menor grado, el estado de Argentina, inventando –prácticamente– una idea de identidad que no es más que el aglutinar elementos comunes que favorezcan la coerción y mantenimiento del estado artificial. Esta construcción, sumamente utilitarista y, hay que reconocerlo, ecléctica, es por lo demás perniciosa y desnaturalizante, pero también notablemente efectiva a la hora de crear mitos sobre los cuales somos engañados y forzados pasivamente a creer y hasta defender.

Las falencias en la acción de las corrientes nacionalistas blancas “clásicas” en el Cono Sur saltan a la vista, si bien no sea del todo ocioso mencionarlas: empezar a soñar qué hacer con el poder político antes de siquiera lograr una cantidad mínima de votantes para conformar un partido político es absurdo, y, peor aún, el querer participación en el juego democrático ortodoxo, sería casi un suicidio, en vista de la necesidad de la homogeneidad a través del desplazamiento o eliminación de lo heterogéneo. Para el caso particular de Chile, la segunda falencia cobra especial sentido: la mayor parte del país está conformada por el mestizaje, por tanto, la democracia chilena puede y debe estar diseñada por y para las masas mestizas.

El radicalismo anti-estatista exhibido por la anarquía de derecha, al poner especial énfasis en el desarrollo de las comunidades autónomas independientemente de los sistemas estatales, con el fin de mantener la identidad y los ideales de la tribu (Preston, 2010), se vuelve, entonces, la mejor y más viable opción para la supervivencia étnica y racial de las minorías desfavorecidas frente a la “diversidad” (de piel, de sexo y de tendencias sexuales, pero completamente uniforme de pensamiento): es fuera del Estado donde los miembros de la comunidad interactúan de forma más cercana y se vuelven más dependientes entre sí, donde comprenden la real esencia de la comunidad y de la construcción de un destino común (Donovan, 2013).

Es prioritario para salvaguardar las identidades de los pueblos en minoría numérica y hegemónica, el fortalecimiento de la comunidad y la comprensión de una verdadera democracia. Sin la comunidad, el individuo está perdido.

Notas.

[1] Todos los argumentos democráticos se basan en una serie de identidades. Forman parte de esta serie: identidad entre gobernantes y gobernados, dominadores y dominados, identidad entre el pueblo y su representación en el parlamento, identidad entre Estado y pueblo que vota, identidad entre Estado y ley y, finalmente, identidad entre lo cuantitativo (mayoría numérica o unanimidad) y lo cualitativo (lo justo de la ley) (Schmitt, 1923)

[2] Toda democracia real se basa en el hecho de que no sólo se trata a lo igual de igual forma, sino, como consecuencia inevitable, a lo desigual de forma desigual. Es decir, es propia de la democracia, en primer lugar, la homogeneidad, y, en segundo lugar –y en caso de ser necesaria- la eliminación o destrucción de lo heterogéneo.

Bibliografía.

Donovan, J. 2014. The Clan vs. Modern, State-Dependent “Individualism”. url: http://www.jack-donovan.com/axis/2014/03/the-clan-vs-modern-state-dependent-individualism/

Donovan, J. 2013. Becoming the new barbarians. Second National Policy Institute’s conference. Radix Journal. url: http://www.radixjournal.com/journal/becoming-the-new-barbarians

Parrott, M. 2013. Crypto-Anarchism, Cyber-Security, & the New Right. Counter-Currents Publishing. url: http://www.counter-currents.com/2013/03/crypto-anarchism-cyber-security-and-the-new-right/

Preston, K. 2010. Anarchism of the Right: a solution to the libertarian problem. Alternative Right.  url: http://www.alternativeright.com/main/blogs/left-right/anarchism-of-the-right-a-solution-to-the-libertarian-problem/

Schmitt, C. 1923. The Crisis of Parliamentary Democracy.

Stevens, B. 2011. Conservative anarchy. Amerika. url: http://www.amerika.org/politics/conservative-anarchy/

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