Sebastián Ruiz

Publicado originalmente en Identitas vol. 3 (2014)

Una vez escuché que la primera muerte es cuando cesamos de aprender y que la segunda es un mero trámite. Aun cuando puedo entender eso en términos poéticos, considero que un importante tema queda pendiente: el propósito como tal.

Más allá de un nihilismo apático y una retórica disputa con nosotros mismos, podemos considerar el hecho de que como occidentales hemos tomado una miserable excusa como nuestro argumento vital.  Es la falta de la diaria práctica en todo sentido posible lo que le resta sentido y propósito a cualquier acción futura.

La contemplación, conciencia-plena y tales pueden sonar algo muy oriental, pero ello no es necesariamente el caso. La religión primordial es la práctica, conocimiento práctico como herramienta, sentido de orden y propósito en el diario decidir. El mero ciclo vital como una reencarnación y evolución se relaciona a un más alto sentido de propósito, postrero a la duración del ciclo de vida individual.

Más allá de la medición en escala individual de las metas en sociedades así sistematizadas, el lazo representativo que somos para con la Naturaleza es en sí mismo un acto pleno y contemplativo en oposición al paisajismo entendido como idolatría vacía. Esto último, la relación más usual, entre nosotros mismos como sub-productos de nuestra verdadera funcionalidad, nuestro verdadero camino.

Somos grumos sin diluir en el desgraciado escenario que cumplió las profecías del Homo œconomicus.

Si el ciclo no posee elementos consagrados, leídos y encontrados en sí mismos, no habrá ciclo que pudiere ostentar valor propio y poseer equilibrio en y con el entorno.

El ciclo sagrado se pierde al perder la capacidad natural de representación.

En 1954, Wiener [1] propone la noción de la información como medida de organización y así como un estimado negativo de la entropía. Él argumenta que la “cantidad” de información puede relacionarse a aquella de energía contenida en su nivel de organización.

Pero, ¿representa verdaderamente un nivel de “cualidad” en el proceso de aprehender, de despertar y representar?

La aristocracia, la consecución de la excelencia como propósito ulterior y colectivo definen la nobleza primordial, aquélla que no necesita disfraz. La calidad del orden social en términos de su estructura y la coherencia de las uniones reproductivas y demás, son reflejo de la magnitud de energía dispuesta en ellas. Hoy en día todo ocurre sin historia, de forma inconexa como si ningún precedente hubiese. Ello representa la incapacidad de apropiadamente heredar tal magnitud o sin innecesaria pérdida.

La consistencia, la coherencia de aquel orden que incuestionablemente nos parece natural, es su medida de energía, su calidad.

El desconocimiento de nuestra tradición afecta nuestro operar. Ello nos torna desechables, vacíos de sentido, calidad y nobleza. No podemos caer en la auto-complacencia de sólo escuchar el eco de nuestras palabras estériles, de nuestras excusas, de nuestra carencia de autocrítica y labor espiritual diaria por conocernos y restablecer el nexo primigenio de sentir y actuar mediante nuestra propia verdad, nuestra calidad, nuestra nobleza.

Occidente ha perdido la sabiduría y la conexión con sus ambientes apropiados y con ello la condición en donde es posible vivir en tanto al balance justo y necesario, el estado energético más alto.

Los Dioses, ni como entidad metafísica ni invención [2] definieron el camino para lograr la paz y la estabilidad, aquel espacio vital, un lugar de alto orden. Dioses como proyección del origen de nuestra nostalgia, nuestro dolor por el pasado, por lo que creemos haber perdido. El camino por nuestro futuro colectivo.

Debiéremos de saber diferenciar cuando renunciar al conflicto entre emociones y opciones de bajo orden, para así nacer en una circunstancia mayor. Esa circunstancia es bastante real, pues somos nosotros, nuestra información, lo que predomina en nosotros.

La raza como información, como la llave; aun cuando diversificada innecesariamente y secuestrada de su coherente ethos, aún contiene la capacidad para despertar del aturdimiento de la insensibilidad, de la falta de virtud, la falta de propósito.

Naturaleza como religión propia, inteligencia sobre negligencia. Medicarnos con pensar, con leernos y controlarnos a nosotros mismos y adquirir el balance mediante la justa elección jerárquica, la hierofanía como una manifestación leída desde nuestra propia sangre.

Renacer, como nunca renunciar al auto-conocimiento y al entenderse más allá de las categorías. Si no practicamos aquel diferenciar entre una intención innoble, nuestras prioridades arrastrarán y proyectarán el error en todo, rindiendo plásticas excrecencias sin más.

Vamos cuesta abajo.

Criticar la complacencia, criticarnos a fondo y conocernos. Recordar finalmente de dónde creemos venir y reconocer cuando de aquello resta en mí. Cuanto falta en mí. Ésa es la verdad y ésa es la llave, la sinceridad de ver cuán abajo estamos, para luego elegir la mejor ruta para que renacidos en nosotros mismos, comencemos nuevamente a subir.

Notas.

[1] “Just as entropy is a measure of disorganization, the information carried by a set of messages is a measure of organization. In fact, it is possible to interpret the information carried by a message as essentially the negative of its entropy, and the negative logarithm of its probability. That is, the more probable the message, the less information it gives. Cliches, for example, are less illuminating than great poems”. Wiener, N. 1954. The Human Use of Human Beings: Cybernetics and Society

[2] “Minds that are still childish think of gods as existing in one of two ways. Either the gods are metaphysical entia, or else they are inventions, playful or superstitious as the case may be”. Jung, CG. 1936. “Wotan”.

Anuncios