La historia del hombre lleva siglos de desarrollo bajo el control de la plutocracia. Control, que a todas luces, ha demostrado ser nefasto y carente de un verdadero deseo de servir al desarrollo de la comunidad en la cual lleva sus riendas.

La plutocracia ha demostrado que no existe dialogo posible entre su querer y el desarrollo en armonía con la naturaleza y la tradición en su sentido más profundo, como ese saber popular que generalmente vive atado al desarrollo de los estratos sociales más bajos, pero principalmente arraigados a la gente que vive y trabaja la tierra, desvinculados en gran medida de los vicios que encuentran nicho en los grandes conos urbanos.

Es que el dinero y el poder, sin lugar a dudas, son la principal causal de la pérdida del sentido del deber y del servir de quien tiene la responsabilidad de encausar el futuro de los suyos. Ya lo vemos en aquellos idealistas jóvenes políticos que, una vez sentados en el parlamento y con los bolsillos llenos de dinero y con una significativa cuota de poder, olvidan las causas que lo motivaron a interesarse por la vía político activista, olvidan a todos aquellos que lo llevaron a ocupar dicho sitial…

Lo anterior, nos lleva necesariamente a buscar una alternativa a ésta incomoda realidad en la que vivimos y de la que nos queremos distanciar.

Destruir el poder total del sistema es una tarea que tomará décadas y que, lo más probable, será producto de una inminente implosión más que por nuestro actuar, que tan solo puede llegar a ser el cerillo que prenda la mecha de la ya instalada bomba, pero es ahora que necesitamos vivir y salir de todo esto. Es aquí donde la idea comunitaria toma fuerza y cala profundo en los deseos de los distintos grupos, con diferentes motivaciones, que buscan una válvula de escape ante el estado actual de las cosas.

Si es la comunidad nuestro lugar de encuentro, si es la noción de la tribu nuestra vía organizacional ¿qué mejor alternativa que el gobierno de los mejores, la aristocracia, como respuesta a su inservible plutocracia?

Del conocimiento que los movimientos etnicistas, identitarios y racialistas tienen del humano, nace la ventaja que nos distancia de antiguas instancias donde también se precisaba que los mejores fuesen los que dirigiesen a su comunidad: los mejores no lo son en todo por igual.

En una tribu, donde es la voluntad de permanecer en ella y el deseo de que la misma prospere el vínculo que une a sus miembros, sumado al elemento que ellos, libres y soberanamente, han elegido como su motor de vida (raza, religión, sistema económicos o cualquier otro), elegir al más capacitado para cada tarea es de suma importancia. La figura del líder acá se transforma en algo circunstancial y temporal, que variará cuántas veces sea necesario según la tarea que el grupo deba llevar adelante.

Si bien es deseable que todos los miembros de la comunidad tengan un nivel uniforme en tareas básicas y centrales (como es la defensa, producción de insumos básicos y conocimientos mínimos respecto al elemento que los une), es una idiotez caer en la falsa y antinatural idea de la igualdad a un nivel cuasi matemático. Las personas siempre se destacarán en ciertas áreas más que en otras. Aquellos que se preocupan de la producción de alimentos, puede que no sean tan buenos guerreros, aquellos que priorizan el arte de la guerra tan vez no sean grandes intelectuales, así como los intelectuales puede que lleguen a ser menos capaces físicamente que un guerrero nato. Todos deben estar dispuestos a realizar toda tarea y manejar las nociones básicas de la misma cuando las circunstancias lo ameriten, pero la batalla será dirigida por un guerrero capaz, el trabajo del campo quedará sujeto a los dictámenes de un perito en el trabajo de la tierra, y la formación intelectual de la comunidad será menester de quien se ha preparado para ello.

Igual situación acontece al momento de tomar una decisión. Si bien en una comunidad la opinión de todos es importante, sería un error que todas tuviesen el mismo peso cuando muchos no manejarán a cabalidad el tema a tratar.

La confianza en quiénes tomarán decisiones se transforma aquí en una cuestión central y vital. Es por ello que aquellos destacados en cada materia se deben imponen debido al reconocimiento de sus pares y no por imposición, como se nos tiene acostumbrado desde ya hace mucho.

La capacidad superior, mejor pulida, de quiénes estén llamados a desarrollar las actividades encomendadas por la tribu, junto a la movilidad que implica contar con líderes circunstanciales según la actividad a ejecutar, genera un efectivo sistema aristocrático donde realmente tomarán las riendas los mejores elementos de la comunidad para dicha tarea, pero que, a su vez, no tendrán el tiempo suficiente para ser corrompidos por el poder.

Anuncios