Sebastián Vera

Ficha técnica:

Nombre: Rurouni Kenshin
Año: 2012
País: Japón
Duración: 135 minutos
Director: Keishi Otomo
Protagonizada por: Takeru Sato, Emi Taikei.

Nunca he sido un gran fanático de las series de animación japonesas. Tampoco me ha interesado jamás el cine de una forma particular. Sin embargo, tal como todo en la vida, existen excepciones que vienen a confirmar de alguna manera la regla general. Así, en ambos casos, sé reconocer en cualquier expresión artística, dentro de las cuales se incluye la animación y el séptimo arte, ciertas obras de las cuales se pueden extraer mensajes o alguna clase de contenido interesante, ya sea acontecimiento histórico, personajes históricos, mensaje moral, entre otros.

Es así como hace unos tres años, en un ocioso verano, tuve la suerte de que un amigo me prestara algunos capítulos de Samurai X, junto con los ovas correspondientes. La serie era buena, cumplía su función de entretener, pero más allá de uno que otro momento tenebroso no le encontré mayor contenido digno de mencionar.
Pasó el tiempo y hace unos meses, buscando películas online para matar el tiempo, me topo con esta película, ahora realizada con personajes reales, recién salida del horno (2012). Al verla, pasó automáticamente a ser una de mis películas favoritas, por los motivos que pasaré a mencionar a continuación.
Esta cinta, basada en el manga y posterior animé creado por Nobuhiro Watsuki, fue llevada a las pantallas de manos del director Keishi Otomo, ha tenido un éxito rotundo, recaudando más de sesenta millones de dólares desde su lanzamiento.

Para mi lo más importante es situarnos en el contexto histórico en el que la trama se desarrolla, o sea, el periodo de la historia japonesa conocido como Restauración Meiji. La historia es esta: Japón vivió sometido a un régimen denominado Shogunato desde el siglo XII hasta el año 1868 (periodo Edo de la historia japonesa), en que comenzó el ya mencionado periodo de Restauración. El país del sol naciente siempre ha estado sometido a la figura del Emperador, sin embargo, durante el largo periodo que constituye el Shogunato, el poder estaba dividido de forma similar a lo que son las monarquías occidentales actuales. En este caso particular, el Emperador (denominado tenno, que significa “príncipe del cielo”) hacía de sumo sacerdote del sintoísmo, religión oficial de Japón y la que tiene más adherentes, incluso en nuestros días. Su figura era más bien simbólica, una figura de unidad entre los distintos daymios (feudos, haciendo una analogía con Occidente para hacer el término más comprensible), pero el verdadero poder, el poder político y militar lo manejaba un personaje que para nosotros hubiese sido un Generalísimo. A este personaje se le conocía como Shogun, y su cargo, como el de Emperador, era hereditario. Los señores de los daymios por su parte tenían sus propios ejércitos personales y estaban ligados al Shogun por un juramento de lealtad.

Vale mencionar que hubo tres dinastías durante el Shogunato, siendo la última, la de la familia Tokugawa, la más relevante.

Durante este periodo se desarrolló el sistema denominado posteriormente sakoku, que significa literalmente “país en cadenas”. Principalmente, consistía en el aislamiento de Japón respecto al mundo exterior. Ningún extranjero podía entrar al suelo sagrado japonés ni tampoco ningún japonés podía salir del territorio del país, bajo pena de muerte. De hecho, los únicos occidentales que tenían contacto con el país eran comerciantes holandeses, los que sólo podían realizar sus negocios en islotes artificiales creados para tal efecto. Los misioneros católicos españoles y portugueses que habían llegado en gran número fueron expulsados, por considerarse al Cristianismo como una religión nociva para la herencia cultural y la identidad nipona. La sociedad se organizó en castas, estando la casta militar, la de los samurais con su estricto código de honor basado en el bushido en la parte superior, seguidos por los granjeros y en la base los burakumin, los parias japoneses.

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Bakumatsu: el alba de una nueva era

Los sistemas de shogunato y de sakoku custodiaron los intereses de la gran civilización japonesa durante los siete siglos en que funcionó, manteniendo cualquier nociva injerencia extranjera fuera de los límites territoriales de la isla. Sin embargo, todo sistema, por muy bueno que sea, tiene fecha de expiración, la cual llega cuando el régimen en cuestión ya no cumple con las finalidades para las cuales fue instituido. De esta forma, en 1853 ocurre en las costas de la actual bahía de Tokio el llamado evento de los Barcos Negros, cuando el Comodoro Perry exige, a nombre de los Estados Unidos de América, la apertura del mercado japonés. La imposibilidad del shogun para hacer frente a la amenaza de la ya potencia en ascenso provocó que Japón tuviese que firmar el primero de muchos de los llamados “Tratados Desiguales”, en el que el país se veía obligado a abrir sus fronteras comerciales y políticas a Occidente, en condiciones muy desventajosas. Posteriormente, otras potencias como Francia, Holanda y Gran Bretaña firmaron tratados del mismo tipo con el país oriental, en las mismas señaladas condiciones. Las calles de la capital japonesa se llenaron de almacenes propiedad de europeos, junto con consulados y embajadas. Esta apertura, ocurrida de golpe, produjo un shock entre la población tradicionalista y sencilla del Japón, lo que a la larga originó disturbios en las calles e incluso asesinatos de funcionarios diplomáticos y de extranjeros. Los sectores poderosos de la sociedad dejaron de confiar en el shogunato, no porque les molestara el estado feudal en el que se encontraba su país, en términos occidentales, sino que por esta razón eran incapaces de hacer frente a cualquier país industrializado, que ante su inferioridad militar podía venir hasta sus mismos puertos y pisotear su honor nacional.

Es así como, en resumidas cuentas, ocurre algo sin parangón en la historia: la misma clase guerrera de los samurai decide renunciar a sus privilegios tradicionales con tal de sacar su país del atraso militar y así ponerlo al mismo nivel de las naciones más poderosas de aquél entonces. De alguna forma, querían modernizar lo existente, pero con el objetivo de proteger y conservar lo que era tan preciado para ellos. Una muestra de arqueofuturismo aplicado a la historia real. Surge entonces la idea dentro de estos círculos contrarios al shogun el deseo de que el tenno volviera a tomar un rol decisivo en la vida política nacional después de siete siglos de inercia. De esta manera, se da inicio a la Guerra Boshin, entre los partidarios del shogun, el clan Tokugawa más algunos daymios, en contra de los imperialistas, es decir, la alianza entre los clanes Choshu y Tatsuma, bando al que pertenece el protagonista de la historia, Kenshin Himura, papel genialmente interpretado por Satuh Takeru y basado en la vida del personaje histórico Kawakami Gensai, samurai famosopor su calma, incluso durante las más fieras batallas. La primera y más importante batalla de esta guerra fue la librada en las faldas del monte Toba-Fushimi, momento en que comienza la historia que ahora reseñamos.

“¿Qué por qué me puse al servicio de Takeda? ¡Porque no me pude alimentar en esta pacífica era que creaste!”

Muchos son los elementos que pueden extraerse de esta película. Después de vencer en la batalla de Toba-Fushimi y restaurado el poder imperial, se adopta un estilo militar europeo, para poder hacer frente a las potencias navales de aquella época. Esto exige el fin del sistema de castas impuesto durante el shogunato Tokugawa, con la correspondiente abolición de la casta samurai, muchos de los cuales, al ya no tener un señor al que servir, se transformaron en vagabundos, en rurounis, sin poder adaptarse a la nueva era que acababa de comenzar, cayendo muchos incluso en el mundo delictual.
Kenshin, una vez terminada la guerra, jura no matar nunca más, deja de ser un hitokiri (literalmente, “asesino de hombres”) y comienza a ayudar a la gente que pudiera durante su vida de vagabundo.

La otra cara la constituyen los miles de guerreros a los que les fue quitado sus sustento, viéndose obligados a trabajar de matones para la clase burguesa, hombres de negocios sin arraigo en las tradiciones nacionales japonesas y fuertemente occidentalizados que empezaron a pulular por Tokio. La Era Meiji (denominada así por el nombre del Emperador en cuyo mandato se impuso), si bien a la larga fortaleció a Japón llevándolo posteriormente a vencer al poderoso Imperio Ruso en 1905 y a ser camarada de lucha y mártir junto a Alemania e Italia en la Segunda Guerra Mundial, produjo en un primer momento varias crisis de este tipo, producto del estado de shock en que se encontraba la población del Japón, asustada ante este nuevo y gigantesco mundo que se cernía sobre ellos, estando acostumbrados a sus verdes bosques y blancas montañas solitarias.

Todo periodo histórico donde ocurren grandes cambios tiene sus luces y sombras, y este no fue la excepción.

Los seres humanos son débiles. Hablan de ideales, pero al final tres cosas hacen que no sean mejores que los animales: el bienestar, el dinero y el placer”

El perfil de hombre de negocios desalmado, mecánico y autómata mencionado más arriba lo tiene el villano de la película, Kanryu Takeda, un ambicioso empresario, rico y sediento de más dinero y poder, un cosmopolita, un apátrida sin afán de realización colectiva, obsesionado con el éxito personal material y que no tiene escrúpulos a la hora de emprender acciones para alcanzar sus objetivos. Una representación del hombre post-moderno tal cual es. Su plan es comercializar mediante el contrabando una nueva clase de opio, más dañino y adictivo que el común y corriente, para sedar a las masas, desfinanciar al gobierno y así tomar él el control de la isla. Una representación de las modernas corporaciones transnacionales tal cual son. Este personaje, encarnado por Kagawa Teruyuki, tiene unas cuantas escenas notables durante el desarrollo de la trama. En una de ellas, llama a los cientos de samurais que están a su servicio a comer un miserable bocado de arroz, al cual se arrojan los antiguos soberbios guerreros cual perros callejeros famélicos.

“¡Su patético orgullo ya no les sirve de nada! ¡En la Era Meiji lo único que cuenta es el dinero, y yo tengo mucho!”

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Toda la película se desarrolla como plasmación de aquella lucha que se da en los procesos históricos complejos y renovadores, es decir, las tradiciones ancestrales y sus viejos valores frente a los valores de la Modernidad bastardizante.

Otro punto importante aunque quizás más trivial sea el caso de las impresionantes escenas de pelea. Para el que haya visto la serie animada, le aseguro que es lo mismo, sólo que con actores de carne y hueso. Un trabajo de producción ante el que, tanto en cuanto a la esgrima como a las artes marciales, uno debe sacarse el sombrero. Los vestuarios también, calcados de la serie original, junto con el carácter de los distintos personajes, actuados de manera más que fiel en relación a los desarrollados durante los episodios de Samurai X. Destacan también la ambientación, los vestuarios de los actores de reparto y la banda sonora, pero sobre esto no entregaré mayores análisis, puesto que es algo que se debe ver y oír por uno mismo.

En conclusión, una producción hecha a la perfección, con preocupación en cada detalle que lleva al espectador a otro tiempo y que lo hace participar de cada suceso, dejando también un dejo de nostalgia para los que veían de vez en cuando los capítulos en Chilevisión durante la tarde. Interesante también para aquellos que pueden ver en cada historia, en cada relato, una muestra de la lucha cultural a la que estamos expuestos desde hace mucho, y de las cuales puede extraerse siempre una lección de esperanza para las batallas que habrá que entablar en el fututo.

Una película que, en mi opinión, debe verse.


“No creas que esto es el final. Aún si el mundo cambia, no tenemos otro camino más que vivir y morir por la espada”

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