Ya es recurrente que tanto desde Izquierda como de Derecha se eche mano al promiscuo lugar común que achaca todos los males contemporáneos a la falta de información. “La gente necesita ser más y mejor informada”, “las personas merecen saber la verdad”, “hay que educar para crear una mejor sociedad”, y un interminable etcétera que en resumen, concibe a la información como la llave maestra hacia un mundo mejor. Sin embargo, hay algo que no cuadra en esta aparentemente lógica asociación.

Gracias a Internet y al vertiginoso progreso en materia de tecnología portátil, nunca antes en la historia de la humanidad se había gozado de más ininterrumpido y diversificado flujo de información. Dichas herramientas, cada día más masificadas, permiten acceder a una gran gama de contenidos de manera instantánea, y por tanto, gracias a la información por ellos proveída, las personas cada vez deberían, en teoría, tomar decisiones más informadas, y por tanto, más afortunadas. Pero lo cierto es que, en la época donde la información está a la mano de cualquiera, las personas continúan obrando como los más perfectos ignorantes. Por ejemplo, en vistas a la abundante información disponible, ya nadie podría alegar desconocimiento sobre las consecuencias negativas del tabaco, sin embargo, la respuesta de este ser humano “informado” se traduce en mil millones de consumidores, seis millones de muertes cada año, y empresas tabacaleras cada vez más enriquecidas. Definitivamente hay algo que no está funcionando con el endiosamiento de la información.

El problema no es de información, sino que de voluntad. El Sistema actual promueve todo lo que merme la voluntad individual y colectiva, estrategia comprensible cuando se sabe que la naturaleza de dicho Sistema es igualitaria, despótica y universalista, es decir, moderna en toda su expresión.

Aún con toda la información del mundo, las democracias capitalistas se repletan con productos elaborados en paraísos fiscales del sudeste asiático, que se sirven de mano de obra menor de edad y semi-esclava, a la par que hondean la bandera de los Derechos Humanos; aún con toda la información del mundo, los mismos que repiten hasta el hastío que “todos los partidos políticos son la misma mierda”, le regalarán, otra vez, la presidencia a los mismos hijos de puta sonrientes de siempre (lector ingenuo, espérese hasta Diciembre); aún con toda la información del mundo, los que tímidamente despotrican contra el genocidio llevado a cabo por Israel en Palestina, nunca llevarán a cabo un discurso o acción realmente contestatario, so pena de ser considerados “antisemitas”.

La gran tragedia del hombre moderno no es la desinformación (al estilo de la hegemonía cristiana en la Edad Media) sino que la domesticación social, lo cual sin dudas resulta mucho peor que lo primero. El hombre moderno sabe, a grandes rasgos, cuáles son sus problemas, lo que está fallando, lo que no le gusta, y quienes son sus enemigos; se informa al respecto todos los días desde su Internet móvil, lo comenta con sus amigos en redes sociales, y toma parte de inocuas campañas virtuales para lograr cambios. Lo lamentable de todo esto es que, dominándolo todo en el plano intelectual/virtual, a nada se atreve en el plano real.

El hombre moderno jamás llevará a cabo un cambio a nivel colectivo a partir de una toma de conciencia individual, libre y voluntaria, sino que serán las circunstancias – terribles circunstancias –, las que lo obligarán a cambiarse a si mismo y a su entorno.

La próxima gran crisis de la Modernidad pondrá a prueba – una vez más – la tan sobrevalorada racionalidad de las sociedades occidentales y las arrojará a un escenario donde el voto, el consenso político y los derechos volverán a ser meros accidentes de la Historia, y sólo la voluntad colectiva más resuelta asegurará la propia existencia en la Tierra.

No hay mejor escuela que la propia experiencia, y por tanto, ni todos los libros, manuales, y cátedras, con su prolífica masa de encuestas y estadísticas, podrán inocular un ridículo optimismo a un pueblo al cual el sufrimiento ya tocó su puerta, y es que aún cuando todos los políticos le mientan al unísono, la desgracia vivida siempre será la más sincera, y que sin rodeos dirá: “Algo anda mal y te están matando. Reacciona”.

Por lo tanto, salvo contadísimas excepciones, no se esfuerce en hacer cambiar a sus cercanos repletándolo con textos “reveladores” sobre alguna de las problemáticas de Occidente. De la misma forma que hay gente que solo comprende los efectos negativos del tabaco cuando se convierte en un lastre económico y emocional para sus familias, están aquellos que sólo reaccionarán frente al Sistema cuando sus sueldos lo desgajen entre transnacionales, cuando la comida sea un lujo, cuando las deudas sean un Derecho Humano, cuando lo poco que le quede se lo intente saquear algún deshecho étnico de éste o el otro lado de la frontera, y cuando el Estado le reprima duramente por el solo hecho de defenderse.

Así como en la crianza hay veces que una bofetada puede ser útil para prevenir vicios posteriores, una crisis oportuna puede resultar altamente pedagógica a nivel colectivo.

Que la crisis de la Modernidad sea la bofetada más dura para los malcriados hijos de nuestra era.

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