Juan Pablo Vitali

Europa no es sólo un territorio. Europa es una cultura, la coronación de un largo proceso histórico que se desarrolló a través de hombres de un origen común.

Esa cultura, hoy pelea por no desaparecer. O al menos por eso peleamos algunos, no sé si pocos o muchos, pero en todo caso, el número no agrega ni quita nada, al valor de la lucha y del objetivo. Europa se muere de decrepitud, de consumismo, de debilidad, de abulia, de corrupción, de aburrimiento, sumida en el más crudo materialismo, en el más hondo silencio.

El aire que respira está lleno de agonía y extinción.

Me pregunto si en los pueblos más lejanos, donde llegó un día su estirpe antes numerosa, se puedan conservar sus antiguas tradiciones, su antigua cultura. Quizá los Rus, los lituanos, los boers, los criollos esparcidos por América, los ucranianos, los Bielorrusos, los serbios, y tantos otros de los nuestros, conserven algo todavía de aquella Europa, de su capacidad de lucha. La gran mayoría de los que tienen el privilegio de caminar sobre calzadas romanas, entre los mármoles de las columnas y las esculturas, bajo las cúpulas y las agujas de las catedrales góticas, ya no ven más que la cáscara de Europa, útil sólo al turismo, para obtener el dinero de la blanda podredumbre de la decadencia. Pero pertenecer a una cultura, es una actitud espiritual, es comprender el espíritu preciso de esa cultura, y obrar en consecuencia. Un espíritu que ha viajado hacia las últimas lejanías, hacia los últimos rumbos, hacia los últimos bosques, hasta los últimos hielos; que está donde las últimas manadas de lobos, todavía resisten, en la terca memoria de canciones y solsticios, que alumbran todavía los lejanos pueblos europeos, y su descendencia.

No es mucho lo que queda de Europa, de modo que no hay otra alternativa que hermanarse, entre todos los hombres que asumimos el mismo origen, la misma cultura, nos encontremos donde nos encontremos. Porque ya son pocos los lugares, donde los dioses del mercado no sean venerados y obedecidos por completo, donde todavía queda tiempo para recordar, donde la leña y la noche aún le hablan a la sangre, y le cuentan sobre su vieja historia. En los pequeños pueblos de Europa abandonados, las espadas muertas, no tienen nadie que las empuñe. Porque Europa ya no es el sueño de sus héroes, y dentro de sus fronteras, hay un pueblo que no se reconoce.

Son las vanguardias de dentro y de fuera de Europa, las que la salvarán un día.

Europa muere por su propia mano. En algún lugar, las vanguardias perdidas, buscan fundar un nuevo espacio, desde su centro secreto, y desde la periferia, para defender su espíritu envejecido. Posiblemente cambiará su forma, pero habrá que buscar la manera de conservar su espíritu. Los viejos nacionalismos, no van a resolver el problema, por la sencilla razón de que no pueden invertir un proceso, que va muy por delante de ellos, en una dimensión que los excede. Los ciudadanos de una nación, rechazarán a los inmigrantes por un motivo puramente económico, o los aceptarán, por un motivo también puramente económico, pero no resolverán el problema, si a eso se limita su mentalidad política. Porque la identidad no es un problema económico, aunque tenga sus implicaciones en ese plano. El capitalismo quiere esclavos, le da lo mismo que sean negros o blancos, si el precio le conviene.

Europa necesita todas sus fuerzas, las de dentro y las de fuera de Europa, las de su centro, y las de su periferia. Es un problema de origen, de identidad, de cultura, de ius sanguinis. Y aún todas sus fuerzas confederadas, acaso no sean suficientes.

Los Rus que fueron vikings, los eslavos que fueron bizantinos, los boers que fueron holandeses, los hombres del Sur que fueron españoles e italianos, los portugueses que establecieron su imperio en el Brasil. Ellos, son a veces más reacios a dejar de ser Europa que la misma Europa, cruelmente sometida al materialismo, quizá por ser económicamente más próspera, en relación a sus hermanos más lejanos, pero sin voluntad de resistencia.

Por eso debemos pensar en la gran Europa, la Europa universal, la de todos sus espacios, la de toda su cultura y la de todos sus hombres. El más europeo, será aquel que a la larga, tenga más capacidad de resistencia y de defensa de su identidad. Los territorios no son intercambiables, pero la identidad, será cada vez más difícil de mantener sólo con los propios europeos, desinteresados de su cultura. Entonces deberemos reunir de algún modo, a todos los que compartan el mismo origen y cultura, se encuentren donde se encuentren, como lo hacen los otros, los que jamás tendrán conciencia de Europa, ni de nada que no sea hecho a la medida de los mercados, del hedonismo, del igualitarismo, de ese amasijo de carne que es el consumidor global.

Cerrada en sí misma, Europa perecerá. Europa nunca estuvo cerrada en sí misma. No es su destino estarlo. El asedio puede durar más o durar menos, pero la fortaleza caerá, si permanece solamente a la defensiva, esperando que un poder mundial que le es ajeno, le diseñe sus relaciones, según las necesidades del mercado global. Las hordas pueden tomar París, como de hecho ya lo hicieron. Se puede dividir España por razones económicas egoístas, o por cerrados localismos instrumentados, pueden dividir Bélgica o Italia, por las mismas razones, que difícilmente tengan algo que ver, con las antiguas regiones de la Gran Europa imperial. Pero Europa no se acabará por eso. Europa se acabará, el día que su estirpe de conquistadores esparcida por el mundo, ya no se reconozca a sí misma, se divida en fracciones decadentes, o en nacionalismos que un día u otro volverán a enfrentarse entre sí.          

Quisiera que el territorio Europeo, siguiera siendo profundamente Europeo, pero no podemos permitirnos el lujo de abandonar su centro ni su periferia, en un mundo globalizado. Europa es una estirpe espiritual e imperial. Cuando se abandonan los territorios lejanos, es porque el enemigo se acerca. Le pasó a Roma, y también le pasó a España, antes de su caída final, a manos del imperio talasocrático del comercio anglosajón.

Somos descendientes de conquistadores, y de los millones de europeos que la Europa decadente intentó expulsar. Somos parte de su estirpe, y así como resultaría ridículo que los hombres de estirpe europea emigrados, quisieran volver a Europa físicamente, también es ridículo que Europa no tome conciencia de su destino universal, del cual nosotros somos parte, mientras ella sigue ocupada por los que la odian, ocupación que muchos europeos aceptan, por conveniencia o por estupidez.

La muerte de Europa, es ser enterrada en muchas pequeñas tumbas locales; pero hay otro destino: extender su espacio lo más lejos posible, reuniendo en una gran política planetaria, su voluntad de sobrevivir. Esa extensión cultural, espiritual y política, no son ciertas empresas de capitales apátridas, que saquean territorios y recursos naturales en nombre de Europa, sin ser Europa, tampoco los hijos de Europa, que quieren retornar, detrás del espejismo de la sociedad de consumo, y que serán huérfanos de un destino que Europa ya no les devolverá. Europa es una construcción militante, que nace y muere con la espada, con la voluntad de ser un hombre de origen y cultura europea, más allá de dónde uno se encuentre, de dónde le toque realizar su destino, en el centro sitiado de Europa, o aquí, en su última frontera, la que le dio el Imperio Español.

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