por S.V.

En un caluroso (como no podía ser de otra forma) día de octubre recibo un mensaje de texto de un número desconocido. Se estaba acabando la estación seca en la localidad de C., provincia de F.N.Q., Australia, y la humedad se hacía cada vez más latente, junto con las desagradables lluvias veraniegas. Las hordas de franceses, italianos, alemanes y argentinos se marchaban hacia el sur en busca de climas más templados, lejos de la locura que es el clima tropical incluso en sus momentos más “fríos” (30 grados de calor con una humedad superior al 80%, dejando al centro de Santiago en verano como un templado claro de bosque en comparación). Si bien ya estaba en casi la mitad de mi WHV, aun no me acostumbraba a aquél extraño espectáculo de la naturaleza, acostumbrado como estaba a veranos de máximo 30 grados con humedad muy baja, y a inviernos grises, lluviosos y extremadamente fríos. La primera vez que pisé suelo tropical, a mitad del mes de junio, la bocanada de calor al salir del aeropuerto fue bestial. Literal, como meter la cabeza a un horno. Calor sofocante y sudor que pegaba la ropa a la piel. Y yo que había echado una bufanda a la maleta.

Viéndolo en retrospectiva, aquella localidad norteña no era otra cosa que un paraíso tropical. Verdes bosques (dentro de los cuales se encontraba el bosque tropical más antiguo del mundo, especie de jurásica máquina del tiempo), mosquitos y, como no, playas infestadas de cocodrilos y tiburones. Imaginar vivir ahí sin aire acondicionado parece imposible, pero más increíble hace suponer el empuje, resistencia y determinación de los primeros pioneros que llegaron a ese lugar. Dolor, desolación, desarraigo y una lucha constante contra los elementos y la fauna, son las características clásicas del australiano estereotipado: el queenslander, definido en palabras simples como un popurrí de inglés, galés, escocés, irlandés, whisky y sol, mucho sol. Plvs vltra al más puro estilo céltico/anglosajón.

Ese mensaje era de N. de parte de cierta agrupación cuyo nombre prefiero no mencionar en público. Él trabajaba en una localidad lejana, pero, por azares de las combinaciones de vuelo, tuvimos una reunión en un bar interior. Gran tipo.

Al igual que yo, era extranjero. En este caso, de la relativamente cercana Nueva Zelanda. Un sureño como yo, nacido y criado en el frío, en medio de un clima tropical. Para no creer. A diferencia mía, él tenía el clásico fenotipo nórdico, en este caso, con los capilares exteriorizados muy evidentes, evidencia del sol que caracteriza a su ocupación. Me entregó lo que yo le había pedido hace algunas semanas por vía de mensaje de texto (vía muy utilizada por esos lares, que para mi fue como viajar en el tiempo): la edición para amigos del demo MMXX de Ardere.

La portada del disco es una imagen sencilla, blanco y negro, de un bosque de Victoria, superpuesto con un ouroboros, enmarcado dentro de un diseño intrincado típico de manuscrito germánico. En la contraportada, por su parte, figura una sólida céltica con diseño de madera unida con soga, haciendo referencia al significado original de las fasces, rodeado, era que no, con un ouroboros.

La crueldad del uróboros.


El disco abre con un sonido abismal, ctónico, como si las mismas minas del Outback australiano gimieran ante la llegada de la tormenta musical que está por venir, así como debieron gemir, despertando de un letargo de 60.000 años, cuando en 1787 el capitán Arthur Phillip desembarcó con la Primera Flota en las costas de la bahía de Sídney. Así comienza la primera canción, Vicious Ouroboros. Se suman, con el paso de los segundos, unas graves percusiones, que me traen a la cabeza los tambores de Graveland y su uso de la batería en una forma que no viene precisamente del rock/blues: algo tribal y primitivo. Más que mal, la percusión es el sonido más antiguo de la humanidad en lo que a elaboración de sonidos por parte de los humanos se refiere. Nota aparte, es la increíble calidad de grabación, considerando que se trata sólo de un demo y que es una banda underground. Punto ahí para el profesionalismo de N. y del nivel de North Wind Studio en Brisbane (Spear of Longinus et al). El canto a dos voces, un growl y un shriek, le dan un toque melancólico a las líricas, pero no en el sentido natural y obvio de la palabra, sino que como si fuese un soldado preparándose para partir a una batalla de la que sabe no volverá.

Incessant throughout all eternity

The perpetual viciousness of the ouroboros

The destruction and re-creation

The constant death and re-birth

A spectacle of flame and fire

consumes this weary star

and from the ashes of the ancient past

arises a new golden age[1]

El acompañamiento de voces masculinas limpias de fondo, al estilo del disco Hammerheart de Bathory, da un contraste profundo a la explícita y wagneriana descripción que la letra realiza del fin del mundo de acuerdo al mito del Ragnarok. Siendo un liricista yo mismo, destaco lo buena que es la línea vocal, desgarrando mares, montañas y cielo con un buen y potente juego de batería.

A Wolf will swallow the sun

as another devours the moon

Stars are ripped from the sky

and mountains come crashing down

Waves will smash against the land

Naglfar will be launched

The monster of the river Van

advances jaws wide with fire in its eye[2]

Rica es también la referencia lírica a la Cacería Salvaje/Argardsrei/Oskoreii. Al lector se le debería venir a la mente inmediatamente la hermosa obra Åsgårdsreien (del año 1872) del pintor noruego Peter Nikolai Arbo, portada además del disco Blood Fire Death del año, era que no, 88, dejando notar nuevamente la influencia de los suecos Bathory.

With valor Warriors heed to the call

and forge on to the open steppe

The one-eyed king rides first

His great spear held high

Into battle with the wolf

Thunder and lightning at his side[3]

Recordemos que la Cacería Salvaje, con su equivalente en la península ibérica en la forma de la Santa Compaña, consiste, sin perjuicio de singularidades de acuerdo al lugar geográfico, en un ejército de espíritus/almas en pena/guerreros que cabalgan por los cielos, acompañados de nubes de tormenta, lluvia, truenos y gritos demoniacos, sembrando muchas veces el terror y dejando a su paso muerte y desolación para engrosar sus filas. ¿Arquetipo de las hordas de jóvenes indoeuropeos que, montando sus caballos, salieron de las estepas euroasiáticas para conquistar desde las islas británicas hasta la India? Encontramos referencias desde los compañeros de Indra hasta el robo del toro de Cuailnge, por lo que es posible. De todas formas, los gritos, la estética y a la agresividad de las bandas de black metal rinden un tributo no intencionado a aquél ancestral concepto. Quien sabe, quizás la letra de esta canción termina siendo profética, como cuando Carl Gustav Jung, en su ensayo “Wotan”, escribió que “los arquetipos se parecen a los lechos de los ríos abandonados por el agua, que pueden retornar a su nivel en un momento más o menos lejano”.

Sólo el tiempo lo dirá.

Pero si ocurre, recuerden que lo leyeron primero en Pancriollismo.

La Cacería Salvaje. Franz von Stuck,1899

              

La segunda pista lleva el nombre de Unruhe, palabra en alemán con muchos significados, pero que podemos interpretar, en este caso particular, como estado de inestabilidad, revuelta, rebelión o disturbio.

          unsere zeit ist gefommen uns unseres uralten Blutes wurdig zu ernicisen

          Musicalmente, un rítmico riff de guitarra nos introduce a un coro, de nuevo, a la Bathory. En este caso, estamos en presencia de algo más tradicional, de unas guitarras que se repiten y se detienen para dar espacio al coro de voces limpias masculinas. Una y otra vez. De nuevo, referencias al uróboros (una constante, curiosamente, en este disco) y al ciclo sin fin, que es lo mismo. Y no es casualidad que, debido a lo anterior, se realicen referencias a las catorce palabras de David Lane y, bueno, a la lengua germana. Una pieza musical que nos recuerda a los que dieron la vida, sin saberlo, por el despertar de la sangre europea, tan lejos muchas veces de su lugar de origen. Por la gloria de morir con honor, como reza una de sus estrofas.

          La tercera y última canción toma su nombre de un aforismo atribuido al poeta romano del siglo I a.c Furius Antias, que luego emplearía Nietzsche en el prólogo a su obra El Crepúsculo de los Ídolos (o como se filosofa a martillazos). Increscunt animi virescit volnere virtus, traducido como “el espíritu crece, el vigor crece con las heridas” nos expresa una vez más el significado de la música de Ardere: lucha eterna, constante, contra uno mismo y contra el Sistema, de una Identidad contra un medio adverso, contra el calor sofocante del trópico y los fríos congelantes de la isla sur de Nueva Zelanda o de la Patagonia. De nuevo, un doble bombo constante, un bajo uniforme, pero sólido, y dos guitarras que, tras un melancólico inicio, al más puro estilo del black metal finlandés, repiten riffs diferentes, en armónico desorden, para luego reunirse en un baile macabro, con voz gutural grave que recuerda a Hate Forest. Termina la canción, y el demo, con un coro grave, sombrío, cual mantra védico que, encima de carros que giran sobre sus ruedas solares, avanzan hacia los confines del mundo, sin olvidar que nuestro destino son las estrellas.

Ficha técnica

Artista: Ardere

Título: MMXX

País: Australia

Año de lanzamiento: 2021

Sello: Hammerbund (Alemania)


[1] Incesante a través de la eternidad/la perpetua fiereza del uróboros/la destrucción y la recreación/la constante muerte y renacimiento/Un espectáculo de llamas y fuego/consume esta agotada estrella/y de las cenizas de un pasado ancestral/se alza una nueva edad de oro.

[2] Un lobo se tragará el sol/mientras otro devora la luna/Estrellas son desgarradas del cielo/y montañas se derrumban/Olas chocan contra la tierra/Naglfar zarpará/El monstruo del río Van/avanza con las mandíbulas abiertas y fuego en los ojos

[3] Con valor, guerreros responden al llamado/y forjan en la estepa abierta/El rey de un solo ojo cabalga primero/Su gran lanza en alto/A la batalla con el lobo/Trueno y relámpago a su lado