Francisco Albanese & Colin Liddell

Años después del surgimiento del Black Metal Nacional Socialista (NSBM), es hora de percatarse que finalmente el verdadero sentido del Black Metal se ha perdido. Esto ha acontecido a través de una serie de hechos y acontecimientos, incluyendo el encarcelamiento y liberación de Hendrik Möbus, de la aparición de las bandas depresivas, del suicidio de Jon Nödtveidt, y de una simbiosis entre el underground y lo mainstream.

La uniformidad del mundo post-moderno ha empujado al Black Metal al abismo de la recursividad, a reinventarse a sí mismo, a ser producto y productor, i.e., una construcción compleja que, a pesar su mensaje, tiende a su propia destrucción y devastación.

El engendro primitivo del movimiento NSBM comenzó con su adopción de elementos nazi-fascistas teñidos de Hollywood que estaban diseñados sencillamente para impactar y atemorizar, pero esto luego evolucionó en una dirección más “positiva” para luego comprometerse en el objetivo de afirmar explícitamente la supervivencia racial. Esto creó la ironía máxima de un género musical que se había enfocado en aspectos metafísicos  transversales a la vida y la muerte, y ahora había pasado a enfocarse en la vida.

En lugar de aspectos totémicos nacionalsocialistas, hubo una incorporación de elementos ideológicos identitarios y nacionalsocialistas en el Black Metal, por lo general, de naturaleza nostálgica y anacrónica, y desembocó progresivamente en una domesticación y suavización del movimiento, además de cierta pérdida de espiritualidad en la contracultura (u “ocultura”).

Lo que alguna vez era atemorizante y radical, pasó  a enfocarse en lo técnico, haciéndose también agradable y accesible para las masas, lo suficiente para que éstas avalen la separación de lo musical de lo ideológico, rescatando el aspecto “positivo”, transformándose en un Black Metal desmitificado y “secular”. Esta tendencia, que separó a la música de sus raíces, fue bienvenida, apoyada y aplaudida por la audiencia. Pero mientras sus aspectos “positivos” fueron destacados, el Black Metal también perdió mucho de su naturaleza primigenia – su negatividad fundamental, el abismo de donde provenía su energía ya que, en esencia, el Black Metal era la glorificación de la muerte como un núcleo de trascendencia, no como una ultima ratio.

A través de esta reinvención, la tan llamada contracultura y ataque frontal a la sociedad devino en un proceso de hermoseamiento, vendiendo su poder mítico y cambiándolo por banalidades como la hermandad y la filantropía. De existir como una herejía en la escena de la música contemporánea, mutó en algo más parecido a la música folk. El verdadero espíritu del Black Metal se perdía bajo capas de flautas, ocarinas y buenos deseos para con el prójimo.

Algunos sostienen que la  razón de la decadencia de Occidente yace en el individualismo y que, por lo tanto, debemos esforzarnos por escapar de él y girar hacia tal bonhomía colectiva, pero al mismo tiempo no puede existir cabida alguna para el socialismo dentro del Black Metal.

¿Cómo, entonces, podemos crear una potente antítesis individualista en el Black Metal para oponernos a la atomización de la modernidad, la que está transformando al mundo en una jaula afeminada enfocada en los derechos humanos amados por la Izquierda? Para responder a esto, usaremos una metáfora del Narasimha Purana, uno de los Upapuranas, un género de textos religiosos hindúes, e invocaré el pensamiento dionisíaco de Nietzsche. Vamos a hacer las siguientes ecuaciones:

  • Hiranyakashipu = el mundo post-moderno (el que, a su vez, es consecuencia del mundo moderno).
  • Vishnu = el verdadero ethos de Occidente
  • Narasimha = la forma y función del Black Metal

En el Narasimha Purana, Hiranyakashipu (el mundo post-moderno)  no puede ser muerto por un humano, deva o animal. Vishnu (como el Ethos de Occidente), se encarna personificándose como Narasimha, una deidad parte hombre y parte animal. En un mundo cruel, Vishnu hace de su avatar una forma aún más cruel, por lo que Narasimha (el Black Metal), si ha de tener una existencia significativa, debe ir más allá de todo parámetro, más allá de los márgenes de lo aceptable, y no verse limitado a normas establecidas que caen en el anacronismo.

Por extraño que parezca, el individualismo mencionado anteriormente es una negación del Yo, una pulverización de los aspectos humanos, del deseo que emerge de la razón. En un mundo apolíneo, el hombre apolíneo se ha vuelto hombre-masa.

Do what thou wilt shall be the whole of the Law: esta Voluntad de Poder debe negar a la regla principal del Mundo Moderno, i.e., la razón.

La religiosidad y fanatismo impuestos y expresados por ciertos sectores dentro del Black Metal trascienden de meros recursos estéticos o de devoción como un fin en sí mismo: en un mundo donde el secularismo no existe — puesto que los valores progresistas y la ciencia van de la mano, por tanto, no existe una separación real entre Estado y Religión, pese a los esfuerzos de grupos ateos de hacer entender que sólo una religión con dioses explícitos es religión (de hecho, los liberales ateos seculares y racionales tienen muchos otros “dioses)— el atentar contra uno de los aspectos del Reino-Sacerdocio se vuelve una forma de cuestionar toda una estructura construida para replicarse constantemente en tiempo presente. Para apartarse de esta banalidad espiritual es importante concebir al mundo como lo que realmente es, como algo más irracional, supersticioso, siniestro, amoral y trascendente.

Esta supervivencia del anacronismo, sea consciente o inconsciente, no es, valga la redundancia, anacrónica, puesto que es un ataque a la Post-Modernidad desde dos frentes temporales: pasado y futuro, volviéndose el Black Metal no sólo una herramienta de apostasía, sino también, un precursor arqueofuturista de una nueva y vieja espiritualidad, ignorando el juego básico de niños resentidos, obviamente. Pese a esto último, este juego de niños ha sido útil como un catalizador de sabiduría/conocimiento que, de no existir el Black Metal, muchos no hubieran podido indagar o acceder a senderos más iluminados.

Asumiendo que las grandes civilizaciones y todas sus manifestaciones, exceptuando las orientales, han sido producto de los pueblos indoeuropeos, no resulta difícil comprender la razón de que, tarde o temprano, el ocultismoi.e., las religiones y espiritualidad de tiempos pasados, derive en distintos grados y formas de consciencia racial y nacionalismo blanco, lo que no se traduce en la defensa del concepto moderno de Nación-Estado (como ideología política), sino como una reivindicación cultural e identitaria (Kultürkampf). Esta reivindicación inconsciente, en cuestión, producirá el despertar de los arquetipos dentro de pequeñas islas en la Modernidad, islas tribales en un mundo uniforme.

El Rock, el “abuelo” del Black Metal, también, al igual que el Black Metal, apela a lo básico, lo carnal, haciendo despertar aspectos suprimidos por siglos de música blanca apolínea. La aparición del Rock marca un retorno de lo dionisíaco que rechaza, se burla, irrumpe y destruye el sonido pop racional y pulcro (celebración, personificación y éxtasis de la banalidad de la vida moderna). Es un impulso para derribar el orden universal enraizado en las catacumbas de Roma que ha castrado a la bestia en el hombre.

Finalizamos este breve comentario, citando unas palabras de Friedrich Nietzsche (acaso un precursor del Black Metal) sobre la cuadratura de lo correcto, en su Nacimiento de la Tragedia:

(…) de tiempo en tiempo la marea alta de lo dionisiaco vuelve a destruir todos aquellos peque­ños círculos dentro de los cuales intentaba retener a los grie­gos la «voluntad» unilateralmente apolínea.

Id est, “Against the odds, black metal gods.”

Entrada original: http://www.blackgnosis.com/2014_09_01_archive.html

Traducción y reedición: Francisco Albanese

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